Tras el estruendo del portazo, en la sala iluminada solo quedaba el grifo mal cerrado goteando toda la noche.
Al despertar al día siguiente, Isabella apenas podía lograr levantar los brazos, sintiéndose adolorida en todo el cuerpo.
Miró rápidamente su teléfono y ya eran casi las once de la mañana, tenía decenas de llamadas perdidas en su móvil.
En la mesita de noche estaba la tierna nota de Herman:
—[Silencié tu teléfono. Descansa bien. El desayuno está en la cocina, me fui a la oficina, regresa