La imagen de Herman, impasible y despiadado, golpeando al hombre de mediana edad que no se atrevía a mirarlo, hizo que Isabella apretara con fuerza el brazo que rodeaba el cuello del hombre, y se parara de puntillas.
Su inexperiencia y urgencia calmaban las emociones tumultuosas de Herman, pero su avaricia y lujuria desenfrenada se magnificaban sin límites.
Sin querer separar sus labios, Herman envolvió a Isabella con su mano ensangrentada y la empujó con fuerza hacia el asiento trasero, mientra