Madison salió del juzgado con pasos temblorosos, sus manos apretadas en un puño contra el abrigo oscuro que la cubría del frío de la tarde. A pesar de la multitud de oficiales que la escoltaban, se sentía desnuda bajo la voraz atención de los periodistas que la aguardaban en las escalinatas. Un océano de cámaras y micrófonos se alzaba frente a ella, destellando como dagas bajo el sol invernal. No había paz, ni silencio, solo preguntas que caían sobre ella como una tormenta que no podía detener.