Luciana se estremeció al oír esa voz, ya no era la misma del niño que ella dejó, y por quién se sacrificó y entró a aquel mundo. Despegó su cuerpo del de su madre, y lo miró.
—¡No lo puedo creer! —expresó la mirada acuosa se le iluminó, se acercó a él, lo abrazó muy fuerte—. Estás tan alto, y muy guapo, te pareces tanto a papá —balbuceó sollozando.
El adolescente la abrazó, lloró en brazos de su hermana.
—Gracias Lu, nunca tuve la oportunidad de agradecerte todo lo que hiciste por mí. —La