El jet privado de la Corporación Vega cortó la densa capa de nubes andinas y tocó pista en el aeropuerto de Quito con un sutil y elegante balanceo. Faltaba apenas un mes para la fecha exacta en que se cumplirían tres años desde aquel fallo mecánico en el ascensor del hotel de Seúl, y el aire de la capital ecuatoriana recibió a la pareja con una pureza glacial que avivó sus sentidos. Al descender por la escalinata, Valeria Vega respiró hondo, sintiendo que el peso corporativo de la sede coreana