Alana.
Dejo salir el aire con un quejido de agonía total. Tras de mí, Madame Guillotina —como he decidido rebautizar mentalmente a Joanne— no deja de tirar de las cuerdas, apresando el maldito corsé del vestido de novia como si su única meta en la vida fuera dejarme sin órganos funcionales.
Estoy sosteniendo el borde de mi escritorio con tanta fuerza que los nudillos me duelen. He sobrevivido a situaciones extremas, pero que una señora francesa intente compactar mis pulmones al tamaño de dos pa