Alana.
Abro los ojos, pero solo encuentro oscuridad. Un latido sordo me taladra las sienes; el dolor es agudo, punzante. Maldición… lo arruiné todo. Intento moverme, pero mis músculos están entumecidos, presos de una rigidez antinatural. No estoy acostada. Estoy encogida, apoyada contra una superficie dura y gélida.
Espera… ¿qué es esto?
Intento estirar las piernas, pero algo me bloquea. Doy una patada al frente y el espacio parece estrecharse, asfixiante.
—¡No! —mis gritos rebotan contra pared