Capítulo 20

Alana.

Abro los ojos, pero solo encuentro oscuridad. Un latido sordo me taladra las sienes; el dolor es agudo, punzante. Maldición… lo arruiné todo. Intento moverme, pero mis músculos están entumecidos, presos de una rigidez antinatural. No estoy acostada. Estoy encogida, apoyada contra una superficie dura y gélida.

Espera… ¿qué es esto?

Intento estirar las piernas, pero algo me bloquea. Doy una patada al frente y el espacio parece estrecharse, asfixiante.

—¡No! —mis gritos rebotan contra pared
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