—Reynolds, ¿qué...?
—Señorita Alessa, me alegra encontrarla aquí —la interrumpió el jefe de seguridad, dándole una mirada poco impresionada. Había un brillo en sus ojos azules y el fantasma de una sonrisa en sus labios—. El señor Gold se había preocupado por su desaparición.
El corazón de Alessa se hinchó un poco de orgullo porque, vaya, era halagador y bastante emocionante sentirse apreciada por un hombre como Leonardo Gold. Todavía no se acostumbraba a esa clase de atención.
—Tampoco fue así.