No tuvo prisa, en realidad, cuando Alessa se desplomó sobre él, exhausta y satisfecha. Leonardo se balanceó perezosamente en la silla, mimando a la pelirroja que se acurrucó en su regazo como una bolita de corazón manso y miembros gelatinosos. Una de sus manos acarició la espalda de ella, de arriba a abajo, una y otra vez. La otra mano se entretuvo con la piel cremosa de sus muslos.
—Déjame hablar con ella primero —musitó la pelirroja de pronto, con la cabeza enterrada en el pecho de él.
Leonar