Había pasado una semana desde el atentado contra Alexander y yo realmente ya me había puesto un poco paranoica.
Ni siquiera había dejado ir a los trillizos a estudiar en unos tres o cuatro días, hasta que la maestra irremediablemente me obligó a hacerlo. Tenía miedo.
Si alguien quería matarlo a él, si alguien quería hacerle daño, debía evitar que le hicieran daño a mis hijos, sabiendo que eran los suyos.
Incluso yo misma me sentía asustada; temía que incluso tuvieran represalias en mi contra. A