Las manos de Alexander buscaron tomarme de la cadera y empujarme sobre la cama, lo hizo tan lento, tortuosamente lento mientras se acercaba para besarme, que tuve el impulso de salir corriendo.
Tuve la oportunidad de hacerlo, pero no quería. Me regañé a mí misma por idiota. ¿Acaso no era eso lo que estaba buscando? Quería la atención de Alexander, quería hablar con él y verlo, por eso había ido hasta allá, por eso no había enviado un maldito mensajero. Mi fuerza de voluntad comenzaba a flaquear