89| Alex.
La heladería era grande, tenía tantos sabores y tantas opciones que el pobre niño se sintió tremendamente abrumado en el lugar.
Mientras la mesera le repasaba una y otra vez los sabores que había, Emmanuel movía sus piecitos de lado a lado ya que la silla era demasiado alta para él, y yo me moría de amor y de ternura.
— Chocolate, — dijo después de un rato, — pero que no tenga maní. —
— ¿Y el otro sabor? — preguntó la mesera, y el niño abrió los ojos.
— ¿Son dos sabores? — preguntó él, y lueg