Ella seguía acechándome, caminando a mi alrededor, acariciando mi rostro y arrastrándose como una serpiente, me quede quieto deseando arrancarle la vida… pero no podía matarla, yo era su boleto de salida y ella era mi entrada para encontrarla sana y salva.
– Su sangre por la mía.
– ¿Estamos negociando? – nuevamente habló con su tono descarado de burla.
– ¿Sabes que ella no te sirve?
– ¿Y si ella no quiere irse?... Ella vino a mí, buscando respuestas y obtuvo más que eso… ¿Dime porque la dejaría