El auto prácticamente regresó al recinto de Simón a una velocidad vertiginosa. No había otro lugar al que pudiera ir. Nadie más que pudiera darle las respuestas que necesitaba con tanta vehemencia. No hubo retroceso en el acelerador de su furia.
El poscombustión de su llegada lo lanzó como un cohete desde el garaje y a través del complejo, haciendo girar las cabezas del personal de la tarde.
Otros ojos más sabios rehuyeron su ferocidad. Los guardias que patrullaban los terrenos supieron capear