—¿Por fin le dirás a todos lo nuestro? —preguntó esperanzada.
Nelson enarcó una ceja y la miró de reojo.
—¿Decir qué? Mi familia me organizó una cita para mañana. Ven para animar el ambiente y que ella no se sienta incómoda.
Sinead se quedó paralizada. El corazón se le aceleró y la mente se le nubló por completo.
—¿Cómo que tu familia te organizó una cita? ¿Y qué se supone que soy yo?
Nelson, quien ya se había levantado y terminaba de vestirse, se limitó a dedicarle una mirada perezosa.
—¿Tú? Eres mi amiga, nada más. Salimos a comer, jugamos videojuegos y nos acostamos para quitarnos las ganas.
Un escalofrío le recorrió la espalda a Sinead. Su rostro palideció y los labios le temblaron. Al ver su expresión, a Nelson se le fue borrando la sonrisa. Luego se inclinó hacia ella.
—Por favor, no me digas que en serio te creíste que fuimos novios todos estos años.
Ese tono burlón le rompió el corazón. Tragándose las ganas de llorar y con la voz quebrada, apenas logró responderle:
—¿Cómo... cómo crees? Ya… me voy a bañar.
Sinead se levantó como pudo y fue con torpeza hacia el baño. Apenas cerró la puerta, se quedó sin fuerzas y cayó al piso. Se miró las marcas que Nelson le había dejado en el cuerpo, todavía con sus palabras resonándole en los oídos. No pudo contener el llanto.
Se conocían desde hacía más de veinte años. Habían crecido juntos, compartían el mismo vaso de leche y leían las mismas historietas. A los dieciocho años, en medio de una borrachera, se habían acostado por primera vez. Luego de eso, vino una segunda, una tercera...
Tenían relaciones apasionadamente todas las noches y de día hacían lo mismo que una pareja normal. Caminaban de la mano, se besaban a medianoche en Año Nuevo mientras se prometían seguir juntos el siguiente año y también pasaban horas al teléfono todos los días para mantener viva la chispa. Por eso, ella siempre asumió que estaban juntos y que solo faltaba hacerlo oficial, pero ahora Nelson le decía que nunca fueron nada.
El dolor en el pecho era tan intenso que apenas podía respirar. Solo cuando abrió la regadera, comenzó a llorar desconsolada. No supo cuánto tiempo pasó antes de poder controlarse. Respiró hondo, se serenó lo mejor que pudo y salió del baño.
Nelson ya estaba listo, sentado en el sofá y revisando su teléfono.
—Mañana seremos bastantes, así que reserva un salón privado amplio en el restaurante. A ella no le gusta la comida condimentada, así que no pongas nada pesado en el menú. De postre, pide un pastel Selva Negra. Las flores tienen que ser rosas blancas y rosadas. Cuando tengas todo listo, mándame fotos para revisarlo. Y prepárame unos diez trajes negros para elegir cuando vuelva. A Irene solo le gusta ese color.
Al escuchar ese nombre, a Sinead se le aceleró el corazón. No pudo evitar mirarlo y notó una leve y dulce sonrisa en la comisura de sus labios.
“¿Irene? Conque se trata de Irene Johnson”.
Los ojos de Sinead se llenaron de tristeza. Ahora entendía por qué estaba tan emocionado. En la secundaria, Nelson estaba enamorado de ella y no paraba de mencionarla. Por desgracia, antes de que pudiera declararse, Irene se fue al extranjero. Desde entonces, no había vuelto a escucharlo decir su nombre.
Tiempo después, tras aquella primera noche juntos, se volvieron más cercanos. Sinead creyó que él ya la había superado. Jamás imaginó que Irene seguía siendo su primer y único amor, alguien a quien no había podido olvidar, aunque nunca hablara de ella.
La angustia que apenas comenzaba a calmarse regresó con más fuerza. El dolor era tanto que le hizo temblar la mano y el teléfono se le resbaló de los dedos hasta caer al piso con un golpe.
Nelson volteó al oír el ruido, con una sonrisa despreocupada.
—¿Ya terminaste de bañarte? Puedes irte después. No te preocupes, ya pagué la cuenta.
Tomó su abrigo y se levantó para marcharse. Justo antes de cruzar la puerta, se detuvo y la miró sin perder el gesto de sus labios.
—Siempre te he tratado como a cualquier amigo, así que no me pongas esa cara de tragedia o de verdad voy a pensar que te estás haciendo ideas raras conmigo. Nos conocemos demasiado bien, si de verdad fuéramos pareja sería aburridísimo y sentiría que ya estoy muerto.
Su voz se alejó junto con sus pasos en el pasillo, pero sus palabras siguieron hiriendo el corazón de Sinead. Se sentó en la cama fría y sonrió hasta que el gesto se deformó por el llanto al comprender que así era como Nelson la había visto todos estos años.
Se quedó ahí, sola hasta bien entrada la tarde y finalmente bajó a recepción a entregar la llave. Afuera llovía muchísimo, pero caminó de regreso a casa sin sentir frío en absoluto.
Al llegar, sus padres, Jackson y Liana Green, corrieron de inmediato hacia ella con una toalla seca al verla empapada.
—Está lloviendo muy fuerte, ¿por qué no pediste un taxi? —le preguntó su madre con angustia.
Sinead se los quedó mirando sin ninguna expresión.
—Papá, mamá, por los cambios que hicieron en la empresa querían mudarse al extranjero, ¿verdad? —dijo con la voz ronca—. Ya lo pensé bien. Vámonos todos y no regresemos nunca.
Ambos se sorprendieron al escuchar que su hija finalmente cedía tras más de medio año insistiendo.
—¿De verdad lo pensaste bien? ¿Terminaste con tu novio?
Al recordar las palabras de Nelson, Sinead sintió como si la apuñalaran en el pecho y negó con una sonrisa amarga.
—No tengo ningún novio. Me lo inventé para que dejaran de presionarme para casarme.
Aunque no sabían si les estaba mintiendo, Jackson y Liana corrieron alegres a organizar los documentos mientras le pedían que empacara sus maletas. Sinead apenas asintió y regresó a su habitación para tirar todo lo que tuviera que ver con Nelson. Todo terminó en la basura: los enormes álbumes de fotos que había guardado con tanto cariño durante más de diez años, las joyas que él le había regalado, los vestidos, las figuritas talladas a mano...
—Señorita Green, hay muchas cosas en buen estado. ¿De verdad no quiere quedarse con nada? —le preguntó la empleada doméstica con una mirada de pena.
Sinead asintió con suavidad.
—Ya no las quiero —dijo con voz apagada.
No eran solo los objetos. Ya no quería ese amor y tampoco quería a Nelson.