Mundo ficciónIniciar sesiónParte 5...
Estaba a punto de darse la vuelta e irse, pero sería una falta de consideración hacia Charlotte, que había organizado la entrevista, y también de educación con su hijo, que se había tomado el tiempo de recibirla. No podía actuar así; debía valorar la buena voluntad de las personas.
Sintió un escalofrío recorrerle los brazos, y no era por el viento frío. Era miedo a lo que podría suceder allí. No estaba segura de poder administrar medicamentos para animales y mucho menos de manejar heridas o realizar procedimientos más complejos.
No era alguien que se rindiera antes de intentar algo, pero era honesta respecto a su estado físico y emocional. Su parte psicológica estaba bien; podía reconocer sus días y sus límites, pero ¿y los demás? No quería causar problemas.
Por otro lado, deseaba volver a tener un empleo fijo y relacionarse con otras personas. Eso ayudaría mucho a su recuperación. Además, estaría rodeada de animales, algo que amaba profundamente.
Se sentía aislada y siempre había sido activa, salía con amigos, reía, conversaba sobre todo tipo de temas; hacía tiempo que no lo hacía. Tener contacto humano, compartir temas diversos e incluso escuchar chismes le resultaba reconfortante.
No era cobarde, pero ante su situación se sentía insegura. Si seguía conteniéndose para todo, nunca volvería a disfrutar momentos así de libres, y le gustaba esa sensación de sentirse acogida en un grupo.
Se obligó a avanzar, un paso a la vez. Era fuerte; ya había superado otras dificultades. Ahora solo debía ser realista y esperar a ver qué pasaba. Por lo menos, habría intentado.
No sabía si sería aceptada, así que no tenía sentido quedarse dando vueltas a pensamientos derrotistas afuera, bajo el viento frío que pronto podría traer lluvia. Sería honesta con el hijo de Charlotte. Sería maravilloso que él decidiera darle el empleo, pero si consideraba que no servía, agradecería y seguiría con su vida. Volvería a sus ocupaciones habituales.
Entró en la clínica con el pie derecho, para atraer suerte. Era su pierna lenta, como decía, bromeando sobre sí misma, pero esa era la de la suerte. Caminó hasta la recepcionista y se presentó.
Respiró hondo, calmando su cuerpo agitado. Su problema no toleraba que se pusiera demasiado ansiosa o alterada. Debía ir despacio y controlar sus emociones. La recepcionista levantó la mirada y le sonrió.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?
—Y-yo me llamo… Camila —habló despacio, pero sonrió de vuelta a la chica— V-vengo pa-para la entre…vista —pronunciaba las palabras separándolas cuidadosamente.
La recepcionista mantuvo la sonrisa, educada, y no pareció notar que Camila tenía un problema del habla. Tal vez pensó que solo era nerviosismo y no la grave afasia que limitaba su comunicación. Pero Camila no podía hacer nada al respecto; así se había comunicado durante los últimos años después del accidente. Y ahora estaba mucho mejor que al salir del hospital.
Al menos podía mantener control sobre la comprensión de lo que le decían y, muchas veces, formular frases completas sin tartamudear ni olvidar lo que decía.
La afasia era una de las secuelas de su accidente. Había sufrido una lesión cerebral y al despertar no podía comunicarse correctamente ni entender del todo lo que le decían. Todo era confuso y fragmentado. Leer era imposible al principio, pero ahora lograba pequeñas victorias, como leer en voz alta un cartel.
La recepcionista la guió hasta la sala donde debía esperar. Mike Reeves estaba atendiendo en ese momento un caso grave: una perrita de tres años con una torsión intestinal que requería cuidados urgentes o podría perder parte de su intestino.
Agradeció y caminó despacio hacia la sala indicada. Tocó suavemente y abrió la puerta. Como le dijo la recepcionista, no había nadie, pero podía esperar allí. Caminó hasta un pequeño sofá a un lado y se sentó, aguardando.
***** *****
Camila no imaginaba que una clínica veterinaria fuera así. Frente a ella había una gran ventana que le permitía observar el movimiento de personas de un lado a otro. La clínica era mucho más grande de lo que parecía desde afuera, extendiéndose a varias salas a los lados.
Vio pasar a una chica con uniforme verde, cargando un pequeño Yorkshire con un collar que evitaba que se lamiera el cuerpo. Tal vez estaba enfermito. Sentía mucha pena por los animales que sufrían.
Si ella, como adulta, sufría, imaginaba lo que sentiría un animal inocente que no podía explicar su dolor y dependía de la bondad de las personas.
Observó más animales pasar acompañados o cargados, probablemente por empleados de la clínica. Llevaban uniforme y algunos tenían credenciales. No reconocía todas las razas; eran muchas y su memoria a veces fallaba. Pero podría aprender si trabajaba allí.
Escuchaba el sonido de teléfonos e impresoras, voces y pasos apresurados. El lugar era más agitado de lo que había imaginado.
Se entretuvo observando el movimiento por la ventana y ni notó el paso del tiempo. Hacía mucho que no salía de casa para hacer algo distinto a su rutina, y todo eso le resultaba interesante y estimulante para su mente. Eran nuevas experiencias para su cerebro lento, acostumbrado a lo mismo.
Vio un reloj en la pared y se concentró en la hora. Eso le tomaba tiempo; los números eran un desafío en su condición. Muchas veces los confundía o los veía invertidos, y tardaba en reorganizar su mente para comprenderlos correctamente.
Siempre tenía cuidado con los números. Le costaba mantenerse a tiempo y evitaba retrasos explicando a las personas que no era por descuido.
Con el tiempo aprendió a salir con antelación, para no correr riesgos. Por eso había salido de casa media hora antes de lo acordado con Charlotte. Tomó un taxi a tiempo y así podía llegar con calma, sin hacer esperar a nadie.
Movía la pierna inquieta, observando la oficina. Le gustaba hacer pequeñas observaciones; era un ejercicio que estimulaba su mente. Uno de sus terapeutas se lo había recomendado: prestar atención a todo para crear nuevas conexiones cerebrales y desbloquear su cerebro.
Era también una forma de terapia, que le ayudaba a pasar el tiempo y distraer la mente de la ansiedad.
Estaba atenta a los colores, los olores, las voces… Avanzaba como un niño que empieza a descubrir el mundo, absorbiendo información a su alrededor.
Para ella era crucial evitar que su mente se apagase, quedándose en casa a esperar que algún día todo mejorara.
Podrían cambiar cosas, pero nunca se libraría de la afasia ni de su problema de pierna. Eso sería para toda su vida. Lo mejor era prevenir la depresión y no sentirse incapaz.
No podía hacer todo lo de antes, pero ahora podía hacer otras cosas. Había intercambiado una habilidad por otra, y eso le ayudaba a mantenerse firme y no caer nuevamente en la tristeza.







