Pese a que no estaba nada convencido de que el consejo de Juls fuera ayudarme en nada, le hice caso. Llame a Anita, quedamos en una pequeña cafetería a las afueras de la ciudad. Cuando aparque el coche frente a la puerta de la cafetería, la vi sentada en una de las mesas de la esquina del local, un rincón con decoración inglesa, con lamparitas en las mesas, y manteles floreados. Allí estaba ella, en toda su esencia, sentada, con su impoluto traje gris, blusa blanca, zapatos blancos todo de Arma