Mis palabras parecieron desatar todas las emociones contenidas. Las lágrimas comenzaron a fluir sin control.
—Sofía, qué bueno que estás aquí —sollozó Sara, abrazándome aún más fuerte.
—Yo también me alegro de tenerte conmigo —respondí con la misma suavidad, sintiendo su dolor.
Estos últimos años, Sara había deambulado por varias ciudades, siempre sola, sin familia, sin apoyo. La soledad la había desgastado profundamente. Y ahora, mientras la abrazaba, intentaba hacerle sentir que ya no estaba s