—Señorita Rodríguez, hemos llegado al Restaurante Zambrano —dijo el chofer.
—Yo... ya bajo.
La voz del conductor me devolvió a la realidad. Sentí que el calor me subía al rostro. Respondí con un leve temblor en la voz, evitándole la mirada a Sebastián, y rápidamente abrí la puerta del coche y salí, caminando hacia la izquierda.
—Sofía.
La voz de Sebastián me detuvo. Apreté el bolso entre mis manos y me giré.
Sebastián estaba apoyado en la ventanilla del coche, con una sonrisa que dejaba entrever