Lo miré fijamente, nuestros ojos se encontraron, pero solo quedaba frialdad.
Empecé a hablar despacio.
—Lo siento, Hugo García. Tu historia es conmovedora, y entiendo que tu familia ha pasado por muchas dificultades, pero eso no justifica el daño que me hicieron. Los adultos deben responsabilizarse de sus acciones.
—Sofía, ¿eres tan despiadada? —Los ojos de Hugo se llenaron de rabia.
—Hugo, no soy una santa. No intentes manipularme emocionalmente. —Sonreí con desdén—. Sin embargo, tienes razón e