Era su tercer día en la casa Villalba y Elena sentía que tenía avances significativos con su paciente. Tanto en su bienestar, como en su investigación. Eso se repetía a sí misma para acallar la inquietante sensación de estar cruzando límites en su ética profesional. Pero las conversaciones fluían con tal naturalidad que podía cumplir ambos propósitos: aliviar la mente fragmentada de Camila, ayudándola a recordar lo más que pudiera, y obtener la información que necesitaba para sus propios fines