El grito de alegría de su amiga la obliga a apartar el teléfono para no quedarse sorda y se ríe por ese estallido de alegría.
—¡Ah, que emoción! ¿A qué se debe el querer hacer ese cambio?
—Hay dos serpientes a las que cerrarles la boca… y como mi jefe no es un viejo verde, mano larga y pervertido, bien vale hacerlo.
—Perfecto… pero te advierto, no me voy a medir.
—De hecho, sí. No tengo tanto dinero, así que todo con mesura.
—¡Mesura mis polainas! Si no me llamabas tú, iba a hacerlo yo… ¡S