Al día siguiente, llamé a mi padre. Necesitaba oír su voz y la de Babi o no aguantaría más. Quedarme allí solo con Anya y sin las chicas era aburrido. Sin mencionar que no ayudaría a mi plan, ya que la matriarca no era la cabeza de la familia Hernández, aparentemente.
No me quedaba más remedio que esperar y esperar. Y el tiempo pasó, y yo me pasé la mayor parte de él leyendo los diarios y averiguando quién era Salma Hernández, prácticamente encerrada en mi habitación día y noche.
- Hola, papá.