Continué con el niño desnudo en brazos, sin poder contener el llanto, hasta llegar a la casa. Abrí la pequeña verja, que crujió, y salí al pequeño balcón, con su grueso y noble suelo de madera, brillante de cera roja, tal vez recién encerada, porque aún olía a ella. El techo era muy alto, ciertamente la altura del techo en el interior de la casa era doble, debido al tejado de forma triangular, con tejas individuales, oscuras y de buen gusto, que no desentonaban con la estética de la casa.
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