Abrí los ojos con la sensación de no haberlos cerrado en ningún momento de aquella noche. El golpe de la cama contra la pared duró poco y si Theo se corría tan rápido nunca me satisfaría como mujer. Siempre pensé que era débil, ya que ni siquiera sabía besar. Desde luego follaba como un idiota, besando y diciendo cosas bonitas al oído, haciendo que cualquier mujer perdiera la erección, con lo dulce y apasionado que debía ser. Por suerte me gustaban los hombres que decían obscenidades y me hacía