ADRIAN dormía como un hombre agotado por sus propias decisiones, tendido de espaldas con el leve peso de las resoluciones de la noche oprimiéndole el pecho. A su lado, Vivian yacía con la cabeza apoyada en su hombro, respirando de forma pausada y regular. No había entrado en el dormitorio tras la discusión con Amelia; en su lugar, se había refugiado en los brazos expectantes de Vivian y había dejado que la noche devorara su buen juicio.
La luz de la mañana se filtraba por las persianas, rayando