LA LUZ de la tarde caía perezosamente a través de las cortinas entreabiertas del comedor de Amelia. La mesa entre ellas estaba puesta con modestia: dos tazas, una tetera de porcelana de la que emanaba un vapor suave y un pequeño plato de galletas que Clara había insistido en traer.
Amelia estaba sentada frente a Clara; su cuchara tintineaba suavemente contra el borde de la taza mientras revolvía su té en círculos lentos, con la mirada baja. Clara, recostada cómodamente en su silla, estudiaba a