Me estiré en la cama, desde las tres de la mañana escuché a mi padre caminar por la casa, en menos de una hora debía levantarme, ayudo a ordeñar las vacas. D’Artagnarn se subió a la cama, dormía conmigo al pie de ella, acomodé su cambuche de cobijas y no había poder humano que lo sacara de la recámara, en el fondo no quería separarme del único recuerdo que me quedaba de Roland.
La primera semana fue dura. El señor Fausto estaba feliz porque me alejé de esa «mala influencia», el problema era mi