Las enfermeras, el personal administrativo, los doctores me hacían venias, saludándome con mucha cortesía y veneración, rindiéndome pleitesía. Todos sabían del drama que padecía. Encontré a Joseph entubado otra vez, respirando con dificultad, con los ojos cerrados, lívido, pálido, demacrado, cadavérico. -Póngase una mascarilla, señora Monroe-, me pidió una enfermera. Yo había dispuesto que e forma permanente lo acompañara una técnica día y noche y no se separa para nada de su lado.
Me ace