Por fin volví al Rancho Monroe por unos días. Extrañaba mi casa, mi cama, mi jacuzzi y disfrutar de mis jardines, y la paz y tranquilidad de mi palacio en las afueras de la ciudad. Dormí un día entero en mi adorada camita recuperando fuerzas después de tantos viajes que había realizado cumpliendo mis contratos de publicidad y modelaje y los quehaceres de la isla. Mis pies hacían bum bum bum de tanto andar con tacos gigantes y mi cutis reclamaba a gritos una exfoliación urgente.
Aunque querí