Al ver las miradas de todos, Celeste se sintió un poco incómoda.
Sabía que los jóvenes presentes eran altos mandos de las familias más influyentes de Solestia, y que, en comparación, y en fundamento no estaba a la altura.
Juan, percibiendo su nerviosismo, le apretó con suavidad la mano y le susurró al oído: —Hermana, no te preocupes. Sé tú misma, esta noche es tuya.
Celeste sintió un calor reconfortante en su corazón, obedeció y siguió a Quirino y a los demás hasta su asiento.
—Voy al baño—, dij