Las personas que se encontraban allí presentes, se miraron unos a otros, pero ninguno se atrevía a dar un paso al frente.
La sonrisa de Juan comenzó a enfriarse: —¿Qué pasa? ¿No hay nadie?
—Vaya, parece que los miembros de La Orden del Dragón Celestial no son más que unos simples cobardes, ni siquiera tienen el valor suficiente de presentarse.
—Claramente, los sobreestimé.
Esas palabras encendieron cada vez más la indignación de todos. Que los insultara a ellos era una cosa, pero que involucrara