Al ver que Juan se atrevía a cuestionarlo, Vicente, furioso y avergonzado, exclamó: —¿Por qué dices que no soy discípulo de señor González? ¿Acaso lo eres tú?
—Claro que no— respondió con firmeza Juan, sacudiendo la cabeza.
Vicente se burló con frialdad: —Ahí lo tienes. Eres solo una persona común, ¿qué derecho tienes para ponerme en duda?
—Y, además ¿acaso tengo que explicarte quién es mi maestro?
Vicente adoptó una actitud indignada, lo que hizo que Tiberio y Anabel volvieran a creer en él un