Ahora que Juan había curado a Melchor, extendiendo aún más su vida por al menos veinte años, este no podía evitar sentirse profundamente emocionado.
—No es para tanto— respondió Juan, sacudiendo un poco la cabeza con tranquilidad. Luego, dirigió su mirada hacia Pelayo y añadió: —Pelayo, he venido a Ciudad del Alba y sé que te has esforzado por ayudarme. ¿Tienes algún favor que quieras pedirme?
Juan siempre había sido una persona justa: quien le hacía un favor, se lo pagaba de inmediato; y quien