Marta miró de reojo a Patricia a su lado y vio cómo ella acariciaba con cuidado las tres cuentas restantes de su pulsera, como si fueran un tesoro invaluable.
Marta sonrió con amargura, y las lágrimas, que había estado conteniendo durante tanto tiempo, comenzaron a brotar sin control.
Lo siento, Juan.
Lo siento, hermano Pierdrita.
En ese momento, sintió una necesidad desesperada de ver a Juan.
Porque quería redimirse de alguna forma con él.
A las cinco de la tarde de ese mismo día, un vuelo come