Sabino apretó rabioso los dientes y se giró hacia el maestro Barú, diciendo: —¡Maestro Barú, por favor, actúe!
El maestro Barú, apoyado en su bastón, salió lentamente. Con una expresión imperturbable, miró al señor Obispo y dijo: —Señor, permítame demostrarle mi habilidad.
—¿Tú solo?
El señor Obispo mostró desprecio en su rostro, pero en el fondo sospechaba enormemente que su oponente no era alguien común.
Por eso, repitió los mismos movimientos que antes y gritó enardecido: —¡Viento, ven a mí!