En ese momento, Daniel y los demás estaban completamente atónitos, parados en el mismo lugar sin poder decir una sola palabra.
La sorpresa, el asombro, el terror y la incredulidad se reflejaban en sus rostros, manifestándose una tras otra.
—¿Un simple campesino?
—¿Cómo puede ser el dueño de Ensueño?
—¿Luis llamándolo señor?
Estas ideas se cruzaban fugaces en sus mentes, dejando sus cerebros en blanco, incapaces de procesar la situación.
Después de todo, estos tres conceptos no encajaban en lo ab