—¿Qué?— Al escuchar esto, Marta y Rosa primero se quedaron perplejas, luego se rieron al unísono.
—Juan, ¿no escuché mal? ¿Realmente estás diciendo que vives aquí?
Rosa se rio exageradamente:
—¿Sabes cuánto cuesta una villa aquí? Fácilmente son unos treinta o cuarenta millones. Tú, un campesino, ni aunque te esfuerces durante diez vidas podrías comprarte un retrete.
—Ay, no puedo más, me estás matando de risa. —Dijo, riéndose tanto que se sujetaba el vientre.
Marta estaba tan enfadada que seguí