El anciano, al escuchar a Juan pronunciar su nombre, se sorprendió demasiado por un momento.
Tras unos segundos de silencio, su expresión se tornó sombría y, con un tono calculador, dijo con firmeza: —Aunque tú seas el señor González, entras sin permiso en la familia Zayas y hieres a uno de nuestros señores. Debes dar una explicación a esto, ¿no crees?
Juan levantó ambas manos, adoptando una actitud relajada, y respondió con calma: —No tenía intención alguna de herirlo, simplemente él no dejaba