Isandro se mostró preocupado.
—Hermano, esa batalla no es algo en lo que podamos intervenir. Para la Mano del Relámpago Eterno, por favor, no hagas nada imprudente.
Rodolfo sujetó con firmeza a su hermano, temeroso de que, por un impulso, pudiera arrastrar a la Mano del Relámpago Eterno a un abismo del que no podrían salir jamás.
—Juan, no puedes morir, por favor.
En ese momento, Calista, que observaba atenta desde las sombras, también se sentía extremadamente ansiosa. Al darse cuenta de que qui