El anciano, con una expresión inmutable, cambió de repente el tono de su voz.
—Qué lástima, chico. Tu destino te ha jugado una mala pasada. ¡Has tenido la mala suerte de encontrarte conmigo!
Apenas terminó de hablar, el hombre extendió de inmediato la mano en un movimiento aparentemente simple, sin mostrar ninguna perturbación en el aire ni manifestación alguna de energía. Parecía el gesto casual de cualquier mortal. Sin embargo, para Juan, esa acción insignificante creció de forma vertiginosa h