El primero en sucumbir ante la abrumadora presión fue Orlando. Apenas podía mantenerse de pie a medida que Juan se acercaba cauteloso, cada paso suyo aumentando el peso invisible que lo aplastaba.
Con cada paso de Juan, la sangre comenzaba a brotar poco a poco de los ojos y la boca de Orlando. A este ritmo, seguir resistiéndose no le ofrecía otra alternativa que la muerte. La única opción para sobrevivir era definitivamente arrodillarse.
Sin embargo, incluso en ese estado, ni Juan ni Silvestre l