Gálata no supo ni como sus pies se movieron tan rápido, pero mientras veía a cada nada sobre su hombro tuvo que apresurar aún más sus pasos. Mauro ni siquiera lo disimuló, iba tras su presa y no podía perderla de vista.
Gálata llegó al primer piso y frenó en seco al ver a los dos tipos que entraron por ese sitio, dos más salieron cada lado.
Miró atrás y Mauro bajaba apresuradamente las escaleras eléctricas. No tenía salida, sus latidos se escucharon retumbar en sus orejas y su cabeza vibró al