Damián Webster.
—¡Lo quiero muerto!— grito una vez más para ver sí de esta manera logra entender lo que tanto me ha estado impidiendo hacer.— ¡Ya! ¡No después, no mañana! ¡Ahora mismo quiero ver a ese infeliz arrodillado ante mí pidiendo piedad mientras le desgarro la piel!.
Niega. No se inmuta ni un poco ante mis gritos autoritarios, iracundos y demandantes. Está parado del otro lado del escritorio, camina de un lado a otro mientras niega con la cabeza, mientras intenta convencerme de que debo