Damián Webster.
El reloj marca las nueve y cuarenta de la noche y sigo aquí en la mansión. Han pasado muchas horas, ya Ámbar ha de haber despertado, pero aún así no he levantado mi trasero de esta silla, no he salido de la oficina en la que llevo horas encerrado, para tomar a mi hija e irme a casa.
No lo he hecho porque simplemente no sé como carajos explicarle las cosas, no tengo ni la más puta idea de cómo mirar sus ojos mientras le digo que efectivamente fuí yo quien acabé con su familia.
No