Abril, 23
Damián Webster.
Vuelvo a mirar el reloj en mi muñeca; ocho y cuarenta de la mañana. Suelto un suspiro silencioso, dejo descansar mi codo de la superficie del escritorio y con mis dedos presiono el puente de mi nariz.
—Si. Si, Hansel, no me importa.— digo de mala manera al auricular del teléfono pegado a mi oreja.
—¡Te estás volviendo loco!-exclama enojado, del otro lado de la línea.—¡Te dije que no fueras! ¿Te has dado cuenta que acabas de empeorar las cosas?
—¡Es mi problema, Hansel,