—¡Ah, maldito hijo de puta! ¡Suelta mi pierna!—la mujer se mantenía firme, su postura desafiante, una estatua de ira ante la adversidad mecánica. Su elegancia no se veía mermada por el temor, sino avivada por una furia ardiente mientras se retorcía del agarre del cyborg, en donde éste la estaba comiendo en la pierna.
—Como esa maldita pelirroja no está aquí para divertirme, voy a tener que agarrarte a ti como mi juguete, jugar contigo y comerte hasta tu muerte…
—¡Eres imposible! —exclamó la muj