El jefe de policía irrumpió en la sala de reuniones con un aura de autoridad que llenaba el espacio, su mirada severa barriendo a través de los presentes. Con pasos firmes, se acercó a la mesa principal y golpeó con fuerza los informes, investigaciones y recortes de periódico esparcidos sobre ella. El estruendo resonó en la sala, silenciando cualquier murmullo.
—¿Qué es esta mierda? —rugió, su voz atronadora llenando la habitación—. ¿Cómo es posible que este culto de idiotas sea responsable de