Bastian, con cada músculo tenso por el esfuerzo, guiaba a Beltaine hacia la seguridad del techo.
—Cuidado—susurraba él, su voz un hilo de tensión en la calma del amanecer.
Beltaine, colgando de la esperanza y del barandal, le respondía con una chispa de humor: —. No me sueltes, ¿eh? Aunque, admito que sería una caída memorable.
Finalmente, con los pies firmes sobre el concreto, ambos se desplomaron, el alivio y el cansancio fundiéndose en el suelo frío. Beltaine, con la respiración aún agitada