Bastian ladeó un poco la cabeza mientras recogía el largo cabello rubio de Lylo del suelo. Sus dedos jugaban con los mechones, como si estuviera hipnotizado por su textura.
—¿Sabes algo? —murmuró, casi como si hablara consigo mismo—. Eres una verdadera rareza, Lylo.
Lylo lo observó, con una ceja levantada y una expresión que oscilaba entre la curiosidad y la desconfianza.
—¿A qué te refieres exactamente, Bastian?
Él sonrió, pero era una sonrisa cargada de un significado que ella no alcanzaba a